GRIS
recalcitrantre, impertérrito
como una sombra que avanza
implacable, imparable. Sin compasión
YERMO
nadie, sólo, el silencio.
Como único compañero: tu pensamiento.
Tu, yo cualquiera
HUMEDAD
a la que no me acostumbro
se inocula y ahonda más allá de uno mismo.
¡Cómo duele!
DESDEN
pese al sosiego
empiezo a sentir cierta agresividad
¡¡ no quiero dormir, quiero hablar contigo !!
¡¡¡ MALDITA SEA !!!
A veces se quiere a quien no se debe; otras sin embargo, te quiere joder quien no puede

La bandera japonesa representa el círculo del sol sobre un fondo blanco. Su origen tradicional se remonta a Amaterasu Omikami, que en la mitología japonesa es la diosa del sol, Hi no Mikami, y que es además origen de la familia imperial japonesa. Wakatsuki escribe: "Nuestra bandera nacional, que lleva un sol rojo brillante sobre un fondo blanco como la nieve, simboliza la gran virtud de la diosa Amaterasu. Es un emblema muy puro, cuya hermosa sencillez conviene perfectamente a nuestro país y que debe considerarse como el memorial de los orígenes de nuestro pueblo. Representa la constitución de nuestra patria". El símbolo del sol se utilizó profusamente en la historia japonesa asociado, en principio, a la familia imperial. El emperador Keiko (s. I d.C) lo portaba en su barco como bandera. La emperatriz Jingo, esposa del decimocuarto emperador, lo empleó en insignias militares. De hecho era un tema repetido tanto en estandartes como en abanicos de guerra (tessen) y banderas del uniforme de los soldados (sashimono). La emperatriz Suiko, a finales del siglo VI mandó poner las imágenes del sol y la luna en la bandera imperial, usandose en las grandes celebraciones. Duante las Guerras Gempei (1180-1185), al final del periodo Heian, que enfrentaron a los dos grandes clanes Minamoto y Taira por el control de Japón y que dieron paso al shogunado Kamakura (1192), ambos clanes usaron el hi no maru. Se atribuyó a Taira Kiyomori la hazaña de detener el curso del sol, con un gesto de su abanico de combate. Y que por ello las tropas Taira llevaban el emblema solar. KIMIGAYO, HIMNO NACIONAL Literalmente, el Reino de Su Majestad. Es el himno oficial japonés desde 1880 en que fué reconocido por la Casa Imperial, a partir de la versión de Hiromori Hayashi. La letra procede de un tanka de autor desconocido, incluída en el Kokinshu, antología compilada en el siglo X por Ki no Tsurayuki. Se ha modificado solamente el comienzo, de "Waga kimi wa" a "Kimi ga yo wa", para adaptarlo al caso. La traducción aproximada es: "Vuestro reinado, oh, Señor mil generaciones, ocho mil generaciones, hasta que las piedras se hagan rocas y en ellas brote el musgo". Todas las descripciones del carácter japonés que se han hecho durante los setenta y cinco años desde que el Japón abriera sus puertas al mundo van acompañadas de la frase "pero también son...", con una frecuencia nunca empleada al describir otra nación del mundo". Ruth Benedict. El Crisantemo y la Espada. Estas son palabras de una antropóloga norteamericana que inició durante la Segunda Guerra Mundial por encargo del mando militar de su país, el estudio de la cultura japonesa. Su libro El Crisantemo y la Espada, es ya un clásico entre la bibliografía dedicada a Japón. Aunque fué escrito en los años inmediatamente posteriores a la guerra es todavía vigente en muchos aspectos en tanto que su enfoque antropológico analiza los sustratos culturales más básicos, que tardan más tiempo en variar. Igualmente podríamos tomar las palabras del Padre Visitador de la Orden de Jesús, Alejandro Valignano, escritas cuatrocientos años antes. Los jóvenes japoneses de esta década quizá se comporten de una manera distinta a como lo hacía la juventud de hace cincuenta años, pero en determinadas situaciones afloran esquemas de pensamiento "arquetípicos", enraizados profundamente en la cultura de un país. Acceder a la forma de ser y de pensar de los japoneses se manifiesta como un reto para el occidental medio. Sin embargo se pueden repasar aspectos generales que nos den una idea de como son y quiza nos llevemos una sorpresa al ver que no estamos tan lejos como parece y que, si apartamos prejuicios y valoraciones etnocéntricas, podemos aprender muchas cosas para aplicarlas en nuestro propio entorno vital. Salvando las distancias, los casos particulares, estos podrían ser algunos de los ingredientes que podríamos utilizar si jugáramos a ser dioses y quisiéramos recrear un "japonés de laboratorio". El concepto de wa, la armonía, está presente en los sustratos más profundos de la cultura japonesa. En los gestos cotidianos, en el lenguaje, en los negocios, puede reconocerse el esfuerzo que un japonés hace por mantener un ambiente de armonía entre los presentes. Asimismo en la artesanía, los diseños decorativos y ambientales, en la disposición de las piedras y las ondulaciones en la arena de un jardín zen, hay una aspiración a conjuntar las partes para lograr un todo intangible y acompasado que sugiera y cree armonía. Podría decirse que es una piedra angular del pensamiento japonés, quizá proveniente de la religión shintoista, que influye todas las facetas de la vida y la relación interpersonal. Japón ha sido llamado "País de Wa", Yamato, en una lectura diferente de los kanjis, Gran Armonía. Se usa como prefijo para diferenciar entidades puramente japonesas de las procedentes de otros lugares: wafuku, ropa tradicional japonesa, en oposición a youfuku, ropa occidental; waon, música japonesa; wagashi, confitería o dulces japoneses, por cierto, menos dulces que los occidentales; washi, papel japonés; washitsu, habitación de estilo japonés; wasei, made in Japan; wafuu, estilo japonés; wa-ei jiten, diccionario japonés-inglés, etc. Podríamos decir que un japonés está dispuesto a todo tipo de concesiones y sacrificios personales con tal de mantener un ambiente de armonía en el grupo, renunciando a expresar o mantener sus propias opiniones o intereses, en el ámbito familiar, laboral, de pareja, etc. También es digno de ser resaltado el concepto de quietud y armonía interna, en la que el japonés se sumerge, cerrando su mundo personal a lo que procede del exterior, ya sea como refugio donde guarecerse de la rueda de la locura cotidiana o como punto de partida de los caminos, dou, de crecimiento interno más tradicionales. Todo esto es cierto pero, como siempre, con matices. En términos siempre muy generales, podríamos decir que un japonés atiende en todo momento de una forma prácticamente instintiva a que su comportamiento no rompa la armonía del entorno grupal donde se encuentra. Con el mismo cuidado que un practicante de la Ceremonia del Té elige la caligrafía o el arreglo floral más adecuado para el tokonoma, una japonés elige la expresión más correcta al dirigirse a otras personas, siempre que estén en un punto más elevado del escalafón social. Día a día se salpica la conversación con shitsurei shimashita, disculpas por existentes o inexistentes deslices en el comportamiento y la etiqueta que han de observarse en todo momento, cualquier faux pas que haya podido perturbar la armonía del interlocutor o de su grupo (hogar, familia, etc.). Cualquier intento de imponer la propia opinión choca con el mantenimiento de la armonía de forma que la crítica o la decisión se ven dificultadas en muchas ocasiones. Salvo que exista verdadera confianza para expresar las opiniones, si uno trata con japoneses parece que estos te siguen la corriente y "fingen" estar siempre de acuerdo con tus propuestas, aunque éstas sean dispares si no claramente contradictorias. También hay que entender la postura japonesa desde esta perspectiva cuando usan hasta el cansancio una retahila de alabanzas hacia todo. Por ejemplo, apenas hablas japonés pero alaban desde la primera palabra pronunciada tu maestría con el idioma, mientras que ellos, aun expresándose en un correctísimo castellano, siempre declinaran cualquier elogio y dirán que son muy torpes y no son en absoluto acreedores de él. Inútil preguntar, con el estilo tan directo que nos caracteriza y suele escandalizar a los japoneses, qué opinan sobre nuestros progresos con el idioma. O casi sobre cualquier otra cosa. Una respuesta tan directa como la pregunta está fuera de todo cálculo: podría hacernos sentir mal o contrastar con la opinión que previamente hemos expresado. Así prefieren formas evasivas que eludan una confrontación, pero que no impliquen una pérdida de estatus por ninguna de las dos partes, aunque puestos a sacrificar, preferirían salir "perdiendo" ante un observador neutral, que imponer un criterio que "ofenda" nuestra sensibilidad. Incluso lo que parece ser una afirmación, hai, solamente implica que se presta atención, sin significar en absoluto que se está de acuerdo, pero tampoco en contra. (Cuántas veces esa actitud se parece a nuestro concepto de mentira piadosa...). Algunos avispados dicen que la única manera de hacer que un japonés pase por alto algunos de los formulismos sociales y actue tal cual piensa y siente, es que alcance un punto de borrachera tal que le permita hablar libremente. Entonces se rompen las trabas y nos podemos llevar muchas sorpresas pero, aun en ese punto, todavía hay una línea clara que nunca se sobrepasa y que todo japonés reconoce. Por supuesto, al día siguiente de la "juerga" se debe actuar como si nada hubiese ocurrido y ninguna frase fuera de tono se hubiese pronunciado. Establecer el ambiente adecuado de armonía implica atender a pequeños detalles en la modulación de las palabras y su alcance, nada peor para perder crédito que perder los estribos y gritar, comportamiento considerado de persona inmadura, mientras que en cierto modo puede ser una estrategia asertiva en occidente. En los negocios supone largas declaraciones de principios, aunque no haya una transparencia informativa total, pero si la intención de demostrar que se quiere crear entendimiento y hay buena voluntad por las partes. Es una explicación muy repetida para justificar la compleja y elaborada etiqueta japonesa que, en un país altamente poblado, con pocos momentos de soledad e intimidad, es necesaria una convención social que, por una parte sirva de lubricante para evitar las fricciones personales y por otra permita distanciarse, eso si, cortesmente, y crear una burbuja propia de privacidad. Siendo juiciosa esta afirmación, la etiqueta sirve al objetivo de preservar la quietud y la paz en la comunidad y desde luego el japonés se sirve ampliamente de ella. Algún autor con mucha ironía apunta que las palabras fundamentales para sobrevivir en Japón son gomen nasai, sumimasen, shitsurei shimasu y otros mea culpa del mismo estilo. Sea cual sea la falta cometida, cualquier japonés se hablanda ante ese rosario de disculpas para evitar una posible disputa. Todo lo expresado anteriormente explicaría lo que en algunos casos se califica a la ligera como hipocresía o falsedad japonesas. Como en cualquier país hay japoneses que no son sinceros, pero no creo que en mayor proporción que los españoles. Expresar las opiniones a bocajarro no siempre implica que una persona sea de fiar. Simplemente debe considerarse a la hora de establecer relaciones si uno desea que puedan marchar sin contratiempos desde el principio. Y como consecuencia de reflexionar sobre este aspecto, sería conveniente desempolvar nuestros propios patrones de armonía que hemos olvidado demasiadas veces y que tan bien vendría recordar para tener una convivencia mejor. Periodos de la historia japonesa. Periodo Paleolítico 50.000 a.C.-10.000 a.C. Período Jômon. 8.000 a.C. - 300 a.C. Período Yayoi. 300-250 a. C. - 300 d.C. Período Yamato 300-550 y Período Azuka 550-710 Período de Nara 710-794 Período Heian 794-1.185 (segun Scott Early Heian 794-857 y Late Heian o Fujiwara 858-1185) Período Kamakura 1.185-1.333 Período Muromachi 1.338-1.573 (Periodo Ashikaga 1336-1573 (Scott**) Periodo Nambokucho 1336-1392, Capital del Norte, Kyoto; Capital del Sur, Yoshino). Sengoku Jidai 1534-1615 (Scott**) 1579-1598 Periodo Azuchi-Momoyama. Periodo Edo 1.603-1867 Era Genroku 1.688-1.703(-4 Hall) ( (Esc.**) debe ser 1.803 Era Bunkai-Bunsei 1.804-1.829 Período Moderno / de Modernización 1.854-1.911 Era Meiji (1868-1912) Era Taisho 1912-1926 Era Showa 1926-1989 Era Heisei 1989~ RESTAURACION MEIJI: LOS CINCO ARTICULOS DE LA PROCLAMA IMPERIAL, 6 DE ABRIL DE 1868, GOKAJÔ NO GOSEIMON. Cuando cayó el Shogunado Tokugawa el emperador Meiji promulgó la Proclama Imperial de los Cinco Artículos, el 6 de abril de 1889. Suponía expresar publicamente la voluntad política de cambio en el país que se había mantenido aislado del mundo más de doscientos cincuenta años merced al Decreto de Aislamiento, Sakoku. En 1889 se proclamó la Constitución Meiji que venía a dar el marco legal para el desarrollo del nuevo estado. 1. Que todas las medidas sean adoptadas en debates públicos, instaurando una amplia asamblea. 2. Que humildes y poderosos, movidos por un mismo impulso, participen activamente en el gobierno. 3. Importa que funcionarios y militares, reunidos, e incluso el pueblo, realicen todos sus voluntades y alcancen su pleno florecimiento. 4. Que las malas costumbres tradicionales sean abolidas y que nos basemos en los justos principios universales. 5. Que la obra imperial sea elevada grandemente, recurriendo a los conocimientos del mundo entero. En el momento de realizar un cambio aún desconocido en nuestro país, nosotros, primeros entre todos, prestemos juramento ante los dioses del universo: abrimos el camino a la salvaguarda de todo el pueblo al decidir firmemente estos principios nacionales. Que todo el mundo una las fuerzas, basándose en estas mismas intenciones. web hosting domain names photo sharing CONSTITUCION DE 1889 (Preámbulo y primeros capítulos) La primera constitución de Japón fué promulgada en 1889, durante la Era Meiji (1868-1912). Su impulsor fué el prominente político del clan Chôshû, Itô Hirobumi. Se inspiró en el modelo prusiano, ya que consideraba altamente las estructuras del ejército y el estado establecidas por Bismarck, al que admiraba profundamente. Establecía la creación de de dos cámaras legislativas: la Cámara Alta, constituída por la nobleza, y la Cámara Baja, electiva, aunque solo tenían derecho a voto medio millón de habitantes varones sobre una población de cuarenta millones. El Consejo Privado, presidido por Itô, era el que garantizaba la constitucionalidad de las leyes promulgadas, lo que significaba de hecho conservar el monopolio del poder. Texto: Habiendo ascendido al trono de una sucesión lineal ininterrumpida durante siglos, en virtud de las glorias de nuestros antepasados, y deseando fomentar el bienestar y desarrollar las facultades morales e intelectuales de nuestros amados súbditos, los mismos que han sido favorecidos con el cuidado benévolo y la vigilancia afectuosa de nuestros antepasados; esperando mantener la prosperidad del Estado de acuerdo con nuestro pueblo y contando con su apoyo, por el presente promulgamos, en cumplimiento de nuestro edicto imperial del duodécimo día del décimo mes del decimocuarto año de Meiji, una ley fundamental del Estado, que exhiba los principios que servirán de guía a nuestra conducta e indicarán a nuestra descendencia, y a nuestros súbditos y su descendencia, lo que tendrán que acatar eternamente. Hemos heredado de nuestros antecesores los derechos de soberanía del Estado que legaremos a nuestros descendientes. Ni nosotros ni ellos dejarán de ostentarlos en el futuro, de acuerdo con las cláusulas de la Constitución que promulgamos. Declaramos ahora respetar y proteger la seguridad de los derechos y la propiedad de nuestro pueblo, al que garantizamos el completo disfrute de ellos dentro de los límites de los preceptos de la presente Constitución y de la ley. La Dieta imperial será convocada para el año vigésimo tercero de Meiji, y la fecha de su comienzo será la de la puesta en vigor de esta Constitución. Cuando en el futuro se necesitare enmendar cualquiera de sus cláusulas, nosotros o nuestros sucesores asumiremos el derecho de iniciativa y someteremos un proyecto de enmienda a la Dieta imperial, la cual votará la reforma de acuerdo con las condiciones impuestas por la presente Constitución, y ni nuestros descendientes ni nuestros súbditos podrán efectuar alteración alguna operando de otro modo. Nuestros ministros, en nuestro nombre, serán responsables de llevar adelante la presente Constitución, y nuestros súbditos, presentes y futuros, asumirán para siempre el deber de obediencia a ella. Capítulo I. El Emperador Artículo I. El Imperio del Japón será regido y gobernado por una línea de Emperadores ininterrumpida a través de los siglos. Artículo II. El trono imperial será heredado por los descendientes imperiales masculinos según lo establecido por la ley de la Casa Imperial. Artículo III. El Emperador es sagrado e inviolable. Artículo IV. El Emperador es la cabeza del Imperio; reúne en sí los derechos de soberanía, que ejercita de acuerdo con las disposiciones de la presente Constitución. Artículo V. El Emperador ejerce el Poder Legislativo con el consentimiento de la Dieta Imperial. Artículo VI. El Emperador sanciona las leyes y ordena su promulgación y ejecución. Artículo VII. El Emperador convoca la Dieta Imperial, la inaugura, cierra y prorroga, y disuelve la Cámara de Representantes. Artículo VIII. El Emperador, ante la urgente necesidad de mantener la seguridad nacional o de impedir calamidades públicas, dicta, cuando la Dieta Imperial no celebra sus sesiones, ordenanzas imperiales en vez de leyes. Estas ordenanzas deben ser presentadas a la Dieta Imperial en la sesión siguiente, y cuando no sean aprobadas el gobierno las declarará inválidas para el futuro. Artículo IX. El Emperador dicta o hace que se dicten las ordenanzas necesarias para dar cumplimiento a las leyes, o para mantener la paz pública y el orden, y fomentar el bienestar de los súbditos. Pero la ordenanza no alterará, en modo alguno, cualquiera de las leyes existentes. Artículo X. El Emperador establece la organización de las diferentes ramas de la administración y los salarios de todos los funcionarios civiles y militares a quienes nombra y despide. Las excepciones especialmente establecidas en la presente Constitución o en otras leyes estarán de acuerdo con las respectivas estipulaciones. Artículo Xl. El Emperador tiene el mando supremo del ejército y de la marina. Artículo XII El Emperador determina la organización del ejército y la marina y su permanencia en tiempo de paz. Artículo XIII. El Emperador declara la guerra, concierta la paz y concluye los tratados. Artículo XIV. El Emperador declara el estado de sitio. Sus condiciones y efecto serán determinados por la ley. Artículo XV. El Emperador confiere títulos de nobleza, grados, órdenes y otras distinciones honoríficas. Artículo XVI. El Emperador ordena las amnistías, perdones, conmutaciones de penas y rehabilitaciones. Artículo XVII De conformidad con las disposiciones de la ley de la Casa Imperial, se instituirá una Regencia. El regente ejercitará en nombre del Emperador los poderes que pertenecen a éste. (TIEDEMANN, «Breve historia del Japón moderno», Editorial El Ateneo, Buenos Aires, 1965, PP. 141 y ss.)